El idiota
El idiota —¡«Todo eso», prÃncipe! ¡Pero si hay mucho más! Hasta ahora sólo he contado miserias, cosas polÃticas… Pero le repito que he sido testigo de lágrimas y gemidos nocturnos del gran hombre. ¡Y eso no lo ha visto nadie más que yo! Hacia el fin, es cierto, ya no lloraba, pero gemÃa con frecuencia y su rostro se ensombrecÃa cada vez más. Era como si la eternidad le sombrease ya con sus alas. Por la noche pasábamos horas enteras juntos y silenciosos, mientras el mameluco Roustan roncaba en la habitación contigua. Aquel hombre dormÃa con un ruido infernal, pero Napoleón lo toleraba porque, según solÃa decir, era muy adicto al emperador y a la dinastÃa. Una vez sentà tal compasión que las lágrimas acudieron a mis ojos. El emperador, notándolo, me contempló con ternura y dijo: «Te duele mi suerte… Acaso haya otro niño que llora por mÃ: mi hijo, le roi de Rome. El resto de los hombres me odian y, en mi desgracia, mis hermanos son los primeros en traicionarme». Me precipité hacia él, sollozando. Él no pudo contenerse y ambos nos abrazamos y mezclamos nuestras lágrimas. «Escribid una carta a la emperatriz Josefina», le dije entre sollozos. Napoleón estremecióse y, tras un momento de reflexión, repuso: «Gracias, amigo mÃo, por haberme recordado un tercer ser que me ama». Y, sentándose a la mesa, escribió a Josefina. Al dÃa siguiente, Constant salió con la carta.