El idiota
El idiota —Hizo usted bien —dijo Michkin— sugiriéndole un buen sentimiento cuando se abandonaba a sus pensamientos sombrÃos.
—Justo, prÃncipe. A eso querÃa yo llegar. Ha comprendido usted por intuición cuál era mi propósito —exclamó el general entusiasmado, mientras las lágrimas asomaban a sus ojos—. SÃ, prÃncipe: fue un espectáculo admirable. ¿Sabe que estuve a punto de seguirle a ParÃs? Y entonces sin duda hubiese compartido su cautiverio en aquella isla terrible… Pero ¡ah!, el destino nos separó. Él partió hacia la isla donde quizá recordara, en momentos de lacerante tristeza, las lágrimas del pobre niño que le abrazaba despidiéndose de él en Moscú, y yo fui enviado al cuerpo de cadetes, donde no encontré más que una disciplina brutal, camaradas toscos y… ¡Qué lejos está todo eso! El dÃa de su marcha, estando ya en el caballo, me dijo: «No quiero separarte de tu madre, pero me gustarÃa hacer algo por ti». Yo, tÃmidamente, viéndole agitado y sombrÃo, repuse: «Escribidme algo, como recuerdo, en el álbum de mi hermana». Él pidió una pluma y cogió el álbum. «¿Qué edad tiene tu hermana?», preguntó, ya con la pluma en la mano. «Tres años», respondà Petitte fille, alors. Y escribió en el álbum estas palabras: Ne mentez jamais. —Napoleón, votre ami sincere. Reconocerá, prÃncipe, que tal consejo y en tal momento…
—SÃ; es muy significativo.