El idiota
El idiota —Mientras vivió mi hermana (que murió de parto) aquel autógrafo figuraba en una pared de su salón, bajo un cristal enmarcado en oro. Luego no sé lo que ha sido de él. ¡Dios mío, las dos! ¡Cómo le he entretenido, príncipe! ¡Es imperdonable!
Y el general se levantó.
—Nada de eso —aseguró Michkin—. Me ha interesado usted mucho. ¡Es tan interesante todo esto! En fin: le estoy muy reconocido.
Ivolguin estrechó la mano de su interlocutor hasta hacerle daño y fijó en él una mirada entusiasta. Luego agregó, a impulsos de una idea súbita que acababa de acudir a su mente:
—Príncipe, es usted tan bueno, tiene un corazón tan ingenuo, que a veces casi me da lástima. Me conmueve usted… ¡Dios le bendiga! ¡Así comience para usted una nueva vida y florezca… en amor! La mía ha terminado… Perdone, perdone.