El idiota
El idiota Cubrióse el rostro con las manos y se retiró a toda prisa. Michkin no podía dudar de la sinceridad de la emoción de aquel hombre. No dejaba por ello de comprender que Ivolguin se iba ebrio de alegría por su triunfo, aun cuando Michkin sospechaba que el general pertenecía a esa clase de mentirosos que nunca se ilusionan sino a medias sobre la credulidad de sus oyentes. En el presente caso podía muy bien ocurrir que a su exaltación sucediese pronto en el ánimo del general una vergüenza extraordinaria, en cuyo caso miraría como ofensa la comprensiva atención con que su interlocutor le escuchara. «¿Habré hecho mal en dar vuelos a su manía?», díjose Michkin con inquietud. De pronto, súbitamente presa de la hilaridad, rompió en carcajadas durante diez minutos. Poco le faltó para que se reprochase sus risas; pero en seguida comprendió también que nada tenía que reprocharse, ya que sólo una inmensa compasión le había dictado la conducta que demostrara con el general.