El idiota
El idiota Los hechos confirmaron sus pensamientos. La misma tarde recibió una desconcertante carta en la que Ivolguin le informaba que no quería prolongar su relación con él, que le apreciaba y le estaba reconocido, pero que se negaba a aceptar «testimonios de compasión humillantes para la dignidad de un hombre que ya sin eso era bastante desgraciado». Cuando Michkin supo que Ardalion Alejandrovich se había reunido con su mujer, se sintió casi tranquilizado. Pero, como sabe el lector, el general fue a ver a Lisaveta Prokofievna y se comportó allí de una forma lamentable. Sin necesidad de contar detalladamente aquel episodio, diremos que el visitante escandalizó a la generala y despertó su indignación con las acerbas alusiones que hizo relativas a Gania. Así, pues, le pusieron ignominiosamente en la puerta. Por eso Ivolguin pasó una noche tan agitada, por eso se levantó de un humor tan endiablado y por eso salió de su casa en un estado vecino a la locura.
Kolia, que no sabía nada de las causas de aquello, creyó necesario evidenciar cierta severidad.
—¿Y qué? ¿Adónde vamos ahora? ¿Qué le parece, padre? No quiere usted ir a casa del príncipe; ha reñido usted con Lebediev; no tiene usted dinero, y nos hallamos en plena calle. ¡Estamos lucidos!