El idiota

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Y continuó su camino. Aglaya estalló en risas y se retiró a su cuarto. Durante todo el día había seguido mostrándose muy alegre.

Tales noticias asombraron a Lisaveta Prokofievna. Lo del erizo, en especial, la confundía en extremo. ¿Qué significaba aquel erizo? ¿Qué ocultaba el fondo de aquel asunto? ¿Se trataría de un signo convenido, de una clave? El desventurado Ivan Fedorovich, que se encontraba allí casualmente, no hizo, con sus respuestas, sino echar leña al fuego. A su juicio, en todo ello no había ni sombra de clave, el erizo era meramente un erizo y, de significar alguna cosa, sería amistad, reconciliación y olvido de las ofensas. En conjunto todo era una chiquillada, muy inocente y perdonable además. Advertiremos de paso que el general acertaba. Michkin, que había vuelto a su casa en plena desesperación, estaba sumido en lúgubres pensamientos cuando Kolia llegó con el erizo. Las nubes se disiparon en el acto, el corazón del príncipe revivió. Interrogaba a Kolia, bebía ávidamente sus palabras, le hacía repetir veinte veces la misma cosa, reía como un niño y apretaba sin cesar las manos de los dos estudiantes, que reían igualmente, mirándole con sus ojos claros. Era notorio que Aglaya le perdonaba y que Michkin podía volver a su casa aquella misma tarde, y eso era para él, no lo principal, sino el todo.


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