El idiota
El idiota —Perdone, maman, que hable yo. Creo que en este asunto tengo voz y voto. Los presentes momentos son capitales en mi existencia —Aglaya empleó estas palabras textualmente—, y debo resolver por mà misma. Además, celebro que ello ocurra ante testigos. PermÃtame una pregunta, prÃncipe: puesto que alberga tales intenciones, ¿piensa asegurar mi felicidad…?
—No sé, en verdad, cómo contestarle, Aglaya Ivanovna… ¿Qué le puedo decir? Y además, ¿es necesario?
—Me parece usted un poco turbado. TranquilÃcese. Beba un poco de agua… Aunque le van a traer el té ahora mismo.
—La amo, Aglaya Ivanovna, la amo mucho, no amo a otra mujer y… Le ruego que no se burle… La amo mucho.
—Pero este es un asunto grave, no somos niños ya y ha de considerarse el asunto desde el punto de vista positivo. Haga el favor de decirme a cuánto asciende su fortuna.
—¡Por Dios, por Dios, por Dios, Aglaya! ¿En qué piensas? ¡No es asÃ! —exclamó el general, espantado.
—¡Qué vergüenza! —rezongó su esposa en voz bastante alta para que la oyesen.
—¡Está loca! —comentó Alejandra.