El idiota
El idiota —¿Mi fortuna? ¿Habla usted de mi dinero? —preguntó Michkin, sorprendido.
—Exactamente.
—Poseo en este momento… ciento treinta y cinco mil rublos —balbució él, ruborizándose.
—¿Nada más? —dijo Aglaya, con manifiesta extrañeza, sin enrojecer en lo más mÃnimo—. Pero, en fin, eso es lo de menos, siempre que se viva con economÃa. ¿Se propone usted ingresar en el servicio público?
—Pienso prepararme para profesor particular.
—¡Gran idea, no cabe duda! Aumentará mucho nuestros ingresos… ¿No piensa también hacerse gentilhombre de cámara?
—¿Yo? Nada de eso.
Aquello era demasiado. Alejandra y Adelaida estallaron en risas. La segunda habÃa notado hacÃa tiempo que su hermana menor contraÃa el rostro y hacÃa esas muecas delatadoras de una risa reprimida con gran esfuerzo. Viendo reÃr a sus hermanas, Aglaya quiso asumir un talante amenazador, pero su seriedad no duró ni un segundo, siendo substituida por una hilaridad loca, casi histérica. Finalmente se incorporó de un salto y salió de la estancia.
—Ya sabÃa yo que todo era una broma —exclamó Adelaida—. Todo una broma, desde lo del erizo.