El idiota
El idiota Hipólito habÃa abordado a Michkin proponiéndose embromarle un poco acerca de su cara de felicidad, pero, cambiando de idea repentinamente, comenzó a hablar de sà mismo, extendiéndose en recriminaciones difusas y bastante incoherentes.
—No puede usted imaginar —acabó— hasta qué punto es toda esa familia de Ivolguin irascible, egoÃsta, mezquina, vanidosa, ordinaria. ¿Sabe que me habÃan recibido en su casa sólo a condición de que me muriese lo antes posible? Ahora están furiosos porque no me muero, sino que mejoro… ¡Qué farsantes! Apuesto a que no me cree.
Michkin no contestó.
—A veces —continuó Hipólito con negligencia— se me ocurre incluso pensar en volver a su casa, prÃncipe… ¿No cree usted capaces a aquellas personas de ofrecer hospitalidad a un hombre a condición expresa de que muera cuanto antes?
—Yo pensaba que tenÃan otros propósitos al invitarle.
—Ya veo que no es usted tan ingenuo como se suele decir. No tengo tiempo ahora: sino le revelarÃa ciertas cosas concernientes a ese Gania y a sus esperanzas. Están minándole el terreno, prÃncipe, se lo están minando. Es una compasión verle tan tranquilo… Pero no podÃa suceder de otro modo.