El idiota
El idiota —Veo que me compadece usted —rio Michkin—. ¿SerÃa más feliz si estuviese inquieto?
—Vale más ser desgraciado y saber, que feliz e ignorar. ¿No cree usted en la rivalidad de… ése?
—Siento no poder contestarle, Hipólito. La palabra «rivalidad» resulta aquà un poco cÃnica. Y respecto a Gabriel Ardalionovich, convendrá usted, si conoce sus asuntos, que no puede estar tranquilo después de lo que ha perdido. Para juzgarle, me parece necesario situarse en ese punto de vista. Aún puede enmendarse; tiene muchos años ante él y la vida es una gran escuela. Y en cuanto… a que me minan el terreno —añadió el prÃncipe, turbándose—, no le comprendo, Hipólito; mejor será hablar de otra cosa.
—Muy bien. No sabe usted desprenderse de su magnanimidad. Al contrario de Santo Tomás, prÃncipe, usted necesita tocar con el codo para dejar de creer. ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Verdad que me desprecia usted en este momento?
—¿Por qué? ¿Porque ha sufrido usted y sufre más que nosotros?
—No: porque soy indigno de mi sufrimiento.
—Quien ha podido sufrir más que los otros es, en consecuencia, digno de sus sufrimientos. Cuando leà su confesión a Aglaya Ivanovna, ella hubiese querido verle, pero…