El idiota
El idiota —… Lo aplaza para más tarde… No puede. Me hago cargo, me hago cargo —interrumpió Hipólito, deseoso al parecer, de cambiar de conversación—. A propósito: me han dicho que le leyó usted en persona todo aquel conjunto de atrocidades escritas en estado de delirio. Me parece increÃble que se pueda ser lo bastante no diré cruel, porque serÃa humillarme, pero sà puerilmente vano y rencoroso para reprocharme esa confesión y emplearla como arma contra mÃ. Conste que no me refiero a usted…
—Hace usted mal en renegar de ese escrito, Hipólito. Es sincero, sin duda, y aunque no carezca de aspectos ridÃculos —la palabra hizo contraer el rostro al enfermo—, hasta los más ridÃculos quedan redimidos por el sufrimiento que los inspira. Esas confesiones han sido para usted un sufrimiento… y acaso una muestra de masculinidad. Su inspiración en principio era noble, aunque fuese juzgada aquella noche de un modo y otro. Cuanto más reflexiono, más convencido estoy de ello. Se lo aseguro. No pretendo juzgarlo, sino únicamente exponer mi opinión. Y lamento haber callado entonces…
Hipólito se sonrojó. Preguntóse por un momento si Michkin se propondrÃa burlarse de él con hipócritas lisonjas, pero al mirar el rostro de su interlocutor, comprendió que éste hablaba con sinceridad, y su semblante se serenó.