El idiota
El idiota —Y, sin embargo, no tengo más remedio que morir —contestó, reprimiendo a duras penas el deseo de agregar: «¡Morir un hombre como yo!»—. Imagine que ese Gania creyó oportuno hacerme observar que tal vez muriesen antes algunas personas de las que oyeron el otro dÃa la lectura de mi escrito. ¿Qué le parece? Gania juzga eso un consuelo. ¡Ja, ja, ja! En primer lugar, hasta ahora no ha muerto ninguno, y aunque asà fuera, ¿de qué me valdrÃa? Me juzga por lo que él es. Luego me dirigió verdaderas injurias, diciendo que en mi caso se debe morir silenciosamente, y que lo contrario no es sino egoÃsmo. ¿Qué me dice? ¡Él si que es egoÃsta! ¡Y con un egoÃsmo tan refinado, o, mejor dicho, tan grosero, que ni se da cuenta él! ¿Ha leÃdo usted la historia de Esteban Gliebov, aquella figura del siglo dieciocho? Ayer cayó, en mis manos por casualidad.
—¿Quién era Esteban Gliebov?
—Aquel que fue empalado en la época del zar Pedro.
—¡Ah, sÃ! Estuvo quince horas en el palo y murió con un valor excepcional. Lo he leÃdo, sÃ. ¿Y qué?
—Dios concede muertes asà a ciertas personas, pero no a nosotros. Lo juzga asà ¿verdad, prÃncipe? ¿No me cree capaz de morir como Gliebov?