El Jugador

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Los criados que la acompañaban, la masa imponente de su equipaje, paquetes inútiles, maletas, valijas y hasta cofres, dieron pie a aquella suposición. Luego, el sillón, el trono de la abuela, sus preguntas desconcertantes, hechas con perfecta despreocupación y en un tono que no admitía disculpa, en fin, su persona franca, brusca, autoritaria, terminaron de granjearse la consideración general.

Al pasar aquella revista, la abuela hacía detener el sillón, designaba algún objeto del mobiliario y hacía preguntas inesperadas aloberkellner, que sonreía respetuoso, pero ya con cierto temor.

Se expresaba en francés, lengua que hablaba bastante mal, de manera que yo tenía que traducir muy a menudo sus palabras.

Las contestaciones del oberkellner parecían no agradarle mucho y las consideraba insuficientes. Por otra parte, sus preguntas eran verdaderamente fantásticas. Por ejemplo, se detuvo delante de un cuadro, copia bastante mala de un original conocido, de asunto mitológico.

—¿De quién es este retrato?

El oberkellner replicó que, sin duda, se trataba de una condesa.

—¿Pero, cómo? ¿No lo sabes? Vives aquí y no estás al corriente. ¿Qué hace aquí este retrato? ¿Por qué tiene los ojos bizcos?


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