El Jugador

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El oberkellner no podía responder de un modo satisfactorio a todas estas preguntas, y hasta se aturullaba.

—¡Vaya imbécil! —dijo la abuela, en ruso.

La llevaron más lejos y la inspección continuó. La misma escena se repitió ante una estatuita de Sajonia que la abuela examinó largo tiempo; luego la hizo quitar, no se sabe por qué. Finalmente, hizo la siguiente pregunta al oberkellner:

—¿Cuánto han costado los tapices de la habitación? ¿Dónde han sido tejidos?

El oberkellner prometió informarse.

—¡Qué bobos son! —murmuró la abuela, cuya atención se había concentrado en la cama—. ¡Qué suntuoso pabellón! A ver, deshagan esa cama.

Fue obedecida.

—¡Todo, quítenlo todo! ¡Las almohadas, el edredón también!

La abuela miraba con atención.

—Bueno, felizmente, ya veo que no hay chinches. Quite las sábanas. Poned mis sábanas y mis almohadas. Todo esto es demasiado lujoso. ¿Qué he de hacer, a mi edad, en semejante habitación? Me aburriré mucho aquí. Alexei Ivanovitch, ven a verme a menudo, después de darles la lección a los niños.


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