El Jugador
El Jugador —Desde ayer no estoy ya al servicio del general —contesté—; vivo en el hotel, completamente aparte y por mi cuenta.
—¿Por qué? ¿Cómo es eso?
—Pues porque hace unos dÃas llegó a BerlÃn un barón alemán, muy distinguido, con su esposa. Le hablé, en alemán, ayer, en el paseo, sin observar la pronunciación berlinesa.
—Pero, ¿qué paso?
—Pues que consideró eso como una impertinencia y se ha quejado al general, el cual me despidió ayer.
—Debes haber injuriado al barón, sin saberlo, pues por lo que me cuentas no veo que haya para tanto…
—¡Oh, no, es él quien me amenazó con el bastón!
—Y tú, calzonazos —exclamó ella, apostrofando al general—, tú has dejado tratar asà al preceptor de tus hijos, ¡e incluso le despides! ¡Qué valientes sois todos!
—No se inquiete usted, tÃa —replicó el general en un tono de familiaridad arrogante—. Sé dirigir por mà mismo mis asuntos. Además, Alexei Ivanovitch no le ha relatado los hechos exactamente.
—¿Y tú cómo has soportado esa injuria? —me preguntó ella.