El Jugador
El Jugador —QuerÃa provocar al barón a un duelo —contesté con aire modesto y tranquilo—, pero el general se opuso.
—¿Por qué te opusiste? —insistió la abuela, dirigiéndose al general—. Y en lo que se refiere a ti, muchacho, puedes retirarte, vendrás cuando te llamen —dijo al oberkellner—; es inútil que permanezcas aquà con la boca abierta… ¡No puedo soportar este pasmarote nuremburgués!
Aquél saludó y salió, sin entender los cumplidos de la abuela.
—Por favor, tÃa, ¿son aún posibles los duelos? —dijo el general, sonriendo.
—¿Por qué no? Los hombres son como gallos y riñen por nada. Pero vosotros sois todos gallinas, a lo que veo, incapaces de defender el honor de vuestra patria. ¡Vamos, llevadme! Potapytch, arréglate para mover el sillón. Dos bastarán. Diles que se me lleve a hombros solamente por la escalera y que por la calle iré en coche. Págales por adelantado, asà serán más respetuosos. Permanecerás siempre cerca de mÃ, y tú, Alexei Ivanovitch, enséñame a ese barón en el paseo, que vea al menos qué clase de tipo es… Y ahora, dime: ¿Dónde se encuentra esa famosa ruleta? Quiero saberlo.