El Jugador

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La sala de juego está a quinientos metros del hotel. Seguimos por la avenida de castaños hasta la plaza, que cruzamos para entrar en el casino.

El general se tranquilizó un poco, porque nuestro cortejo, aunque bastante estrafalario, no dejaba de ser digno y decoroso. La presencia en el balneario de una enferma debilitada e impedida no tenía nada de sorprendente. Pero, por lo visto, al general le daba mucho miedo el casino. ¿Por qué una enferma imposibilitada, y además vieja, había de ir a la ruleta?

Paulina y la señorita Blanche, una a cada lado, daban escolta al sillón. La señorita Blanche manifestaba una dulce alegría y a veces bromeaba gentilmente con la abuela, hasta tal punto que ésta acabó por cumplimentarla. Paulina, al otro lado, estaba obligada a contestar en cada momento a las numerosas preguntas de la abuela, tales como: “¿Quién es ése que viene hacia acá?” “¿Quién es aquél que va en coche?” “¿Es grande la ciudad?” “¿Y el jardín?” “¿Cómo se llaman esos árboles?” “¿Qué montañas son aquéllas?” “¡Qué tejado tan ridículo!”



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