El Jugador
El Jugador Mr. Astley, que iba a mi lado, me susurró al oído que aquella mañana sería decisiva. Potapytch y Marta venían detrás de nosotros, inmediatamente a la zaga del sillón; él con frac y corbata blanca, cubierto con gorra, y Marta —una jamona de cuarenta años, de tez rosada— llevaba cofia y vestido de indiana, y unos zapatos de cabritilla que crujían al andar. La abuela se volvía con frecuencia para hablar con ellos.
Des Grieux y el general iban un poco atrás y conversaban animadamente. El general estaba abatido.
Des Grieux se expresaba con aire resuelto. Es posible que infundiese ánimos al general; era evidente que algo le aconsejaba.
Pero la abuela había ya pronunciado, hacía un momento, la fatídica frase: “No te daré dinero”. Esto parecía inconcebible a Des Grieux, pero no al general, que conocía bien a su tía. Noté que Des Grieux y la señorita Blanche cruzaban miradas de inteligencia.
Vi al príncipe y al explorador alemán al final de la avenida. Se habían quedado rezagados y tomaron pronto otra dirección.
Hicimos una entrada triunfal en el casino. El portero y los ujieres testimoniaron visiblemente la misma deferencia que el personal del hotel. Nos contemplaban, sin embargo, con curiosidad. La abuela se hizo pasear primeramente por todas las salas, alabando esto, criticando lo otro, pero enterándose de todo.