El Jugador

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Finalmente, llegamos a la sala de juego. Sorprendido, el ujier que estaba a la puerta la abri贸 de par en par.

La aparici贸n de la abuela produjo viva impresi贸n en el p煤blico. En torno a la ruleta y al otro extremo de la sala, donde funcionaba una mesa de 鈥渢reinta y cuarenta鈥, se api帽aba un grupo de hasta doscientos jugadores. Seg煤n costumbre, los que hab铆an conseguido llegar hasta el tapete verde se manten铆an firme y no ced铆an su puesto mientras les quedaba dinero que perder, pues no hay derecho a permanecer all铆 como simple espectador, sin llevarse la mano al bolsillo.

Aunque haya sillas dispuestas alrededor de la mesa, pocos de los puntos las aprovechaban, sobre todo cuando hay mucho p煤blico, porque una persona en pie ocupa mucho menos sitio y puede operar m谩s c贸modamente. Las gentes de la segunda y tercera filas se apretujan contra los de la primera, esperan su turno y vigilan una ocasi贸n para instalarse ante la mesa. Pero, en su impaciencia, algunos avanzan la mano para colocar sus apuestas. Hasta los m谩s alejados de la mesa procuran jugar por encima de las cabezas de los dem谩s, y ocurre que, debido a ello, cada cinco o diez minutos se originan dudas acerca de qui茅nes han hecho las posturas.


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