El Jugador
El Jugador Cuando el golpe ha sido realizado con habilidad y los testigos dudan, el dinero robado queda en el bolsillo del ladrón; eso, claro está, si se trata de una suma pequeña, porque de lo contrario los croupieres o algún jugador no dejarán de darse cuenta de ello. Si se trata de una suma mínima, el verdadero dueño renuncia muchas veces a discutir y se retira, por temor al escándalo. Cuando se consigue desenmascarar al ratero se le expulsa en el acto de un modo ignominioso por “levantar muertos”, como se dice en el argot de los jugadores.
La abuela observaba todo aquello desde atrás, con ávida curiosidad. Le hizo mucha gracia la expulsión de un ratero. El “treinta y cuarenta” no llamó mucho su atención. La ruleta le gustó más, sobre todo el rodar de la bolita. Quiso, finalmente, ver jugar desde más cerca. Cómo sucedió no lo sé, pero los ujieres y otros individuos oficiosos —sobre todo polacos arruinados que imponen sus servicios a los jugadores con suerte, y a todos los extranjeros— encontraron medio, a pesar de las apreturas, de hacer sitio a la abuela, en el centro de la mesa, cerca del croupier principal, corriendo el sillón hasta allí.