El Jugador
El Jugador La multitud de visitantes que se contentaban con observar el juego —principalmente ingleses con sus familias— se dirigió inmediatamente hacia aquel lado a fin de observar qué haría la abuela. Numerosos gemelos se volvieron hacia aquella dirección. Los croupieres concibieron esperanzas. Se podía, en efecto, esperar algo extraordinario de una jugadora de las que no se ven todos los días. Una septuagenaria impedida no se arriesga a jugar… era indudablemente algo insólito. Me acerqué a la mesa y me situé al lado de la abuela. Potapytch y Marta se alejaron de la mesa. El general, Paulina, Des Grieux y la señorita Blanche, figuraban entre los curiosos.
La abuela, al principio, estuvo mirando a los puntos. Me hacia en voz baja breves preguntas: “¿Quién es ése? ¿Y aquél? …” Se interesó especialmente por un joven que, al extremo de la mesa, jugaba fuerte y habla ganado, según se decía, cuarenta mil francos que tenía amontonados ante él en oro y billetes.