El Jugador
El Jugador Estaba pálido, sus ojos chispeaban, sus manos temblaban. HacĂa posturas sin contar, tomando el dinero a puñados. Sin embargo, no cesaba de ganar y de aumentar de oro y billetes el montĂłn. Las ujieres se agrupaban, solĂcitos, en torno suyo, separaban las sillas, hacĂan sitio para que estuviese cĂłmodo, para que no le apretasen… todo esto con vistas a recibir una buena propina. Con la alegrĂa de la ganancia, algunos jugadores repartĂan propinas sin mirar lo que daban. Cerca de aquel joven se hallaba un polaco que se estremecĂa y murmuraba, sin cesar, con tono obsequioso, prodigando sin duda consejos y esforzándose en dirigir el juego, naturalmente esperando una propina. Pero no se fijaba en Ă©l, apostaba de cualquier modo y seguĂa recogiendo. HabĂa perdido evidentemente el juicio. Es un caso corriente en las salas de juego.
La abuela le observĂł algunos minutos y me dio con el codo.
—Dile que pare de jugar, que se meta cuanto antes el dinero en el bolsillo y que se vaya. ¡Lo va a perder todo! —decĂa, inquieta, con emociĂłn—. ÂżDĂłnde está Potapytch? EnvĂale a Potapytch. DĂselo, dĂselo—decĂa empujándome—. ¡Salga! ¡Márchese! —gritĂłle ella misma al joven.