El Jugador
El Jugador Me incliné a su oÃdo y le expliqué que no se podÃa gritar de aquel modo. No se permitÃa ni siquiera hablar alto, pues eso entorpecÃa el cálculo e iba a dar lugar a que nos echasen.
—¡Qué lástima! ¡Este hombre está perdido! Lo quiere él mismo. No puedo mirarle, me subleva.
Y la abuela diose prisa en mirar hacia otro lado.
AllÃ, a la izquierda, en la otra mitad de la mesa, entre los jugadores, habÃa una joven dama acompañada de un enano. Ignoro si este enano era su pariente o si le llevaba para llamar la atención. HabÃa visto a esa dama todos los dÃas en el casino, a la una de la tarde. Ya la conocÃan allà e inmediatamente le acercaban una silla. Sacaba un puñado de oro de su bolso, algunos billetes de mil francos, y empezaba a jugar despacito, anotando los números con un lápiz, tratando de averiguar el sistema según el cual se agrupan las suertes. Arriesgaba importantes posturas, y cuando habÃa ganado mil, dos mil, y algunas veces tres mil francos… se retiraba inmediatamente.
La abuela la estuvo observando largo tiempo con curiosidad.
—¡Vaya, ésa es una que no pierde! ¡Qué ha de perder! ¿Sabes quién es?
—Una francesa, probablemente una de esas damas… —contesté.