El Jugador
El Jugador —No, abuela. Si usted hubiese puesto previamente al “cero” y hubiese salido, cobraría treinta y cinco veces la puesta.
—¡Cómo! ¡Treinta y cinco veces! ¿Y sale a menudo? ¿Por qué entonces esos imbéciles no juegan al “cero”?
—Hay treinta y cinco probabilidades en contra, abuela.
—¡Qué negocio! ¡Potapytch, Potapytch! Espera, llevo dinero encima… ¡Aquí está! —sacó del bolsillo un portamonedas repleto y tomó un federico—. Toma, ponlo en el “cero”.
—Pero, abuela, el “cero” acaba de salir —objeté—. No saldrá, por lo tanto, en mucho tiempo. Usted se arriesga demasiado, espere al menos un poco —insistí.
—¡Ponlo y calla!
—Sea, pero quizá no saldrá ya más en todo el día.
—¡No importa! Quien teme al lobo no va al bosque. Bien, ¿hemos perdido? ¡Pues vuelve a jugar!