El Jugador
El Jugador Por la noche, en el paseo, pude sostener con Paulina Alexandrovna una conversación de un cuarto de hora. Los otros se habían ido al casino a través del parque. Paulina se sentó en un banco, ante el surtidor, y permitió a Nadina que fuese a jugar no lejos de allí con sus amiguitas. Dejé también ir a Miguel y nos quedamos solos.
Naturalmente, en seguida hablamos de negocios. Paulina se molestó mucho al ver que no le entregaba más que setecientos florines. Estaba persuadida de que en París habría podido empeñar sus diamantes por dos mil florines o tal vez más.
—Necesito dinero a toda costa —declaró—, y he de encontrarlo; de lo contrario, estoy perdida.
Le pregunté qué había ocurrido durante mi ausencia.
—Nada absolutamente, salvo que hemos recibido dos nuevas noticias de Petersburgo. Que la “abuela” estaba gravemente enferma, y luego, dos días después, que había muerto. Recibimos ese último aviso por conducto de Timoteo Petrovitch, que pasa por ser muy veraz—añadió Paulina—. Esperamos ahora la confirmación definitiva.
—Así todo el mundo espera.
—Sí, todos. Desde hace seis meses ésta es la única esperanza.
—¿Y usted, también espera? —inquirí.