El Jugador
El Jugador —Ha de tener en cuenta que yo no soy parienta; no soy más que la nuera del general. Sin embargo, me consta que no me olvidará en su testamento. Lo sé de muy buena fuente.
—Me parece que heredará usted una bonita suma —dije con aplomo.
—SÃ, la pobre abuelita me querÃa mucho; pero, ¿por qué se figura usted eso?
—Y dÃgame —repliqué, preguntándole a mi vez—, ¿el marqués está también al corriente, según creo, de todos estos secretos de familia?
—¿Por qué le interesa a usted eso? —contestó Paulina lanzándome una mirada seca y dura.
—Si no me equivoco, el general ha encontrado ya el medio de pedirle prestado dinero.
—Es usted buen adivino.
—AsÃ, vamos a ver; ¿cree usted que si hubiese ignorado el estado de la pobre babulinka hubiese abierto su bolsa? ¿No ha notado usted que, durante la comida, al referirse a la abuela, la ha llamado por tres veces babulinka? ¡Qué conmovedora familiaridad!
—Tiene usted razón. Cuando se entere de que yo también heredo, pedirá inmediatamente mi mano. ¿Era esto lo que deseaba saber?
—¡Cómo! ¿TodavÃa no lo ha hecho? Yo creÃa que ya la habÃa pedido.