El Jugador
El Jugador —En seguida, abuela —murmuré—. Potapytch se ha quedado a la puerta, no le dejarán entrar aquĂ. ¡Mire, ahora pagan!
Entregaron a la abuela un pesado cartucho de papel blanco que contenĂa cincuenta federicos. Le contaron además otros veinticinco federicos. RecogĂ todo aquello con la raqueta.
—¡Hagan juego, señores! ¡Hagan juego! ¡No va más! —decĂa el croupier, dispuesto a hacer girar la ruleta.
—¡Dios mĂo! ¡Es demasiado tarde! ¡Ya van a tirar!… ¡Juega, juega, pues! —decĂa, inquieta, la abuela—. ¡No te entretengas, atolondrado!
Estaba nerviosa y me daba con el codo con todas sus fuerzas.
—¿A qué número juego, abuelita?
—Al “cero”. ¡Otra vez al “cero”! ¡Pon lo más posible! ¿Cuántos tenemos? ¿Setecientos federicos? Pon veinte de una sola vez.
—¡Reflexione, abuela! A veces está doscientas veces sin salir. Corre usted el riesgo de perder todo su dinero.
—No digas tonterĂas. ¡Juega! Oye cĂłmo golpean con la raqueta. SĂ© lo que hago —dijo, presa de una agitaciĂłn febril.