El Jugador
El Jugador —¡Lo ves! —gritó triunfalmente la abuela.
Comprendí en aquel momento que yo también era un jugador. Mis manos y mis piernas temblaban. Era realmente extraordinario que en un intervalo de diez jugadas el “cero” hubiese salido tres veces, pero sin embargo había sucedido así. Yo mismo había visto, la víspera, que el “cero” había salido tres veces seguidas y un jugador, que anotaba cuidadosamente en un cuadernito todas las jugadas, me hizo notar que la víspera, el mismo “cero” no se había dado más que una vez en veinticuatro horas.
Después de aquella jugada afortunada la abuela fue objeto de general admiración.
Cobró exactamente unos cuatrocientos veinte federicos, o sea, cuatro mil florines y veinte federicos, que le fueron pagados parte en oro y parte en billetes de banco.
Pero aquella vez la abuela no llamó a Potapytch. Tenía otra idea en la cabeza. No manifestó siquiera emoción.
Pensativa, me interpeló:
—¡Alexei Ivanovitch! ¿Has dicho que se podían poner solamente cuatro florines a la vez?… ¡Toma, pon esos cuatro billetes al “rojo”! ¿Para qué intentar disuadirla? El platillo comenzó a girar.
—“¡Rojo!” —cantó el croupier.