El Jugador
El Jugador
Condujeron el sillón hacia la puerta, al otro extremo de la sala. La abuela estaba radiante. Nuestras gentes hicieron corro en torno suyo para felicitarla. Por excéntrica que hubiese sido la conducta de la abuela, su triunfo compensaba muchas cosas, y el general ya no temía que su parentesco con una mujer tan original le comprometiese. Con risueña y alegre condescendencia familiar, como quien halaga a un niño, felicitó a la anciana. Se le notaba visiblemente emocionado, lo mismo que todos los espectadores.
Se hablaba de la abuela y se la señalaba. Muchos pasaban por su lado para poderla contemplar mejor. Mr. Astley hablaba de ella con dos compatriotas. Algunas majestuosas damas, muy sorprendidas, la miraban como a un fenómeno. Des Grieux prodigaba cumplidos y sonrisas.
—“¡Quelle victorie!” —proclamó.
—“Mais, madame, c’etait du feu!” —añadió con sonrisa seductora, la señorita Blanche.
—¿Eh, que sí? ¡He ganado doce mil florines! ¡Qué digo doce mil! ¡Con el oro casi hacen trece! ¿Cuánto es eso en rublos? Unos seis mil, ¿no es verdad?
Le expliqué que llegarían a los siete mil, y tal vez, al cambio actual, a los ocho mil rublos.
