El Jugador
El Jugador Pero ahora, ahora que la abuela había realizado tales proezas en la ruleta, ahora que su personalidad se había manifestado con una tal claridad —para aquella vieja obstinada, autoritaria y “tombée en enfance”— todo amenazaba ruina. Porque ella experimentaba una alegría infantil en emanciparse y, como siguiera así, se dejaría desplumar en el casino. “¡ Dios mío —pensaba yo—, que el Señor me perdone! Seguramente, cada federico de los que había arriesgado la abuela en la ruleta fue a herir en el corazón del general, hacía rabiar a Des Grieux y exasperaba a la señorita Blanche, a la que pasaban la cuchara por debajo de la nariz”.
Otro hecho: aun en la alegría de haber ganado, cuando la abuela distribuía a todos dinero y tomaba a los transeúntes por mendigos, incluso, entonces se le había ocurrido decir al general: “¡No te daré un céntimo!” Era una idea fija, se obstinaba en ella, se lo había prometido a sí misma. ¡Peligroso, muy peligroso!