El Jugador

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—Alexei Ivanovitch, después de comer, a las cuatro, prepárate; volveremos allá. Entre tanto, adiós, que tengo que llamar algún pícaro médico, y además, tomar las aguas. Pero, sobre todo, avisa que me despierten.

Dejé a la abuela, medio atontada. Intentaba imaginar lo que iba a ser ahora de todas nuestras gentes y qué cariz tomarían las cosas. Veía claramente que ellos no habían vuelto aún en sí —el general sobre todo de la primera impresión. La aparición de la abuela en vez del telegrama esperado, de hora en hora, anunciando su muerte y, por consiguiente, la herencia —había trastornado hasta tal punto todos los proyectos, todas las decisiones tomadas, que ahora contemplaban con una verdadera perplejidad y un estupor general sus ulteriores proezas de ruleta. Sin embargo, este segundo hecho tenía casi más importancia que el primero. La abuela había declarado por dos veces que no daría dinero al general, pero ¿quién sabe?… No había que perder todavía la esperanza. Des Grieux, complicado en todos los asuntos del general, no daba por perdida la partida. Seguro estoy de que, aun en un caso desesperado, la señorita Blanche, igualmente muy interesada —tenía por qué ser generala y recoger una herencia importante—, hubiese empleado todas las seducciones de la coquetería con la abuela, en contraste con esa orgullosa Paulina, tontuela que no sabía mimar.


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