El Jugador

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—¿Y qué os importa a todos vosotros? No perderé vuestro dinero… sino el mío. ¿Dónde anda ese Mr. Astley? —me preguntó.

—Se ha quedado en el casino, abuela.

—Lo siento, porque ése sí que es un buen hombre.

De regreso al hotel, la abuela, al divisar al oberkellner en la escalera, le llamó, se jactó de su ganancia, le dio tres federicos y ordenó que le sirviesen la comida. Feodosia y Marta se deshicieron en reverencias y felicitaciones.

—Yo estaba allí mirando a nuestra buena señora —balbuceaba Marta—, y dije a Potapytch: “¿Qué va a hacer nuestra señora… ?” ¡Y cuánto dinero, cuánto dinero había sobre la mesa, Señor! En mi vida había visto tanto… y en torno nada más que señores sentados. “¿De dónde vienen todos esos señores, Potapytch? —preguntaba. ¡Que la Virgen la ayude!” Rogaba por usted nuestra señora, y mi corazón languidecía y temblaba toda… “¡ Señor, hacedla ganar!”, imploraba, y el Señor la ha protegido. Desde entonces, tiemblo todavía, nuestra buena señora, toda yo estoy temblando.


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