El Jugador
El Jugador ¡Extraño estado de espíritu! No tengo más que veinte federicos en el bolsillo. Estoy lejos de mi patria, en país extranjero, sin colocación y sin recursos, sin esperanzas ni proyectos, ¡y no me preocupo! Si no fuese por mi amor a Paulina, me entregaría sencillamente al interés cómico del desenlace próximo y me reiría a carcajadas. Pero Paulina me turba. Se decide su suerte. Sin embargo, y lo lamento, no es solamente su suerte lo que me inquieta. Quiero penetrar sus secretos, desearía que viniese a mí y me dijese: “Te amo.” Si es así, si eso es una locura irrealizable… ¿qué desear entonces? ¿Sé, verdaderamente lo que deseo? Me hallo como perdido, me bastaría estar siempre al lado de ella, en su aureola, en su fulgor, eternamente, toda mi vida para ser feliz… ¡No sé nada más! ¿Podré acaso separarme de ella?
En el segundo piso, en el corredor, oí como una especia de choque. Me volví y vi a Paulina que salía de su habitación. Al parecer me estaba esperando y me hizo inmediatamente seña para que me aproximase.
—¡Paulina Alexandrovna…!
—¡Más bajo! —dijo.
—Figúrese usted —murmuré—, que acabo de tener la sensación de haber recibido un golpe aquí, en el costado. He mirado hacia atrás ¡y era usted! Se diría que usted irradia una especie de fluido.