El Jugador
El Jugador —Tome esta carta —dijo Paulina, en tono sombrío y preocupado— y entréguela personalmente a Mr. Astley, en seguida. Vaya pronto, se lo ruego. No espere contestación. El mismo…
No terminó la frase.
—¿A Mr. Astley? —pregunté, sorprendido.
“¡ Ah, ah, de modo que se cartean!” Me puse inmediatamente en busca de Mr. Astley, primero en el hotel, donde no le encontré, luego en el casino, donde recorrí todas las salas. Y regresaba despechado, casi desolado, cuando le vi, por casualidad, a caballo, en medio de un grupo de jinetes ingleses de ambos sexos. Le hice seña y se detuvo; me acerqué a él y le entregué la carta. No tuvimos tiempo de cambiar una mirada. Pero sospecho que Mr. Astley espoleó a propósito a su caballo.
¿Me torturarían los celos? No lo sé, pero estaba profundamente abatido. ¿De qué tratarían sus cartas?
Es su confidente, su amigo, pensaba yo, esto es evidente, pero ¿desde cuándo? ¿Tiene eso algo que ver con el amor? Seguramente no, murmuraba la razón. Pero la razón solano basta en semejantes casos.
El asunto se complicaba desagradablemente para mí.