El Jugador
El Jugador Apenas había acabado de entrar en el hotel cuando el portero y el oberkellner, me avisaron que me necesitaban, que me andaban buscando, que habían preguntado tres veces por mí… y que se me rogaba pasase lo más pronto posible por las habitaciones del general.
Yo estaba en una muy enojosa disposición de ánimo.
En el gabinete del general encontré, además de éste, a Des Grieux y a la señorita Blanche, sola, sin su madre. Esta madre, decididamente postiza, servía únicamente para tapar las apariencias. Blanche no necesitaba a nadie para arreglar sus asuntos y aquélla poco sabía de las cosas de su pretendida hija.
Discutían con animación y hasta habían cerrado la puerta…, cosa que nunca hacían. Al acercarme, oí voces, las frases impertinentes y sarcásticas de Des Grieux, las vociferaciones injuriosas de la señorita Blanche y la entonación lamentable del general, que por lo visto intentaba justificarse de algo.
Al entrar yo, callaron y disimularon. Des Grieux se alisó los cabellos y se esforzó en dar a su iracundo semblante una expresión risueña; tuvo una de esas antipáticas sonrisas francesas, corteses en apariencia y falsas en el fondo, que yo detesto tanto. El general, abatido y trastornado, enderezó su talla maquinalmente.