El Jugador
El Jugador —¡Dios mío! ¡Ha salido ahora el maldito! —gemía la abuela—. ¡Ah, el miserable! ¡Y todo por tu culpa! —gruñó, dándome un empujón—. Tú me lo quitaste de la cabeza.
—Abuela, yo no te he dicho nada. ¿Cómo podía responder de todas tus jugadas?
—¡Ya te haré ver yo las jugadas! —refunfuñó amenazadora—. ¡Vete!
—Adiós, abuela —y dando media vuelta, me dispuse a retirarme.
—¡Alexei Ivanovitch, Alexei Ivanovitch, quédate! ¿Adónde vas?¿Qué te pasa? ¡Se ha enfadado! Vamos, quédate, no te enfades. ¡Soy una tonta! ¡Anda, dime ahora lo que hay que hacer!
—Yo, abuela, no me atrevo a aconsejarla, porque si pierde me echará la culpa… juegue como le parezca. Yo colocaré las apuestas.
—¡Vamos, vamos! ¡Bueno, pon cuatro mil florines al “rojo”! Toma mi cartera.
Sacó la cartera del bolsillo y me la entregó.
—¡Anda, listo! Aquí tienes veinte mil rublos en dinero contante y sonante.
—Abuela —murmuré—, tales…
—Dejaré mi piel, pero los rescataré. ¡Juega!
Jugamos y perdimos.