El Jugador
El Jugador —¡Pon los ocho mil de una vez!
—Imposible, abuela; la postura máxima son cuatro mil.
—Bien, pon cuatro mil florines.
Esta vez ganamos. La abuela se animó.
—¡Lo ves! ¡Lo estás viendo! —dijo triunfante, dándome un empujón—. ¡Pon los cuatro mil! Obedecà sin replicar y perdimos, y asà algunas veces seguidas.
—Abuela, los doce mil florines se han evaporado —anuncié.
—Ya lo veo —dijo ella con tranquilo furor, si se puede calificar as×. Ya lo veo, amigo mÃo —replicó con la mirada absorta y pareciendo meditar—. ¡Ea, dejaré la piel! ¡Pon cuatro mil florines!
—Ya no hay dinero, abuela. En la cartera ya no hay más que cheques y obligaciones rusas al cinco por ciento.
—¿Y en el bolso?
—Queda muy poco, abuela.
—¿No hay aquà casas de cambio? Me han dicho que se podÃan cambiar todos nuestros valores —dijo la abuela con un tono decidido.
—¡Oh, desde luego! No faltan aquà esta clase de establecimientos. Pero perderá mucho cambiando valores, le cobrarán una elevada prima, capaz de asustar a un judÃo.