El Jugador
El Jugador —¡Cambiemos! ¡Ya los rescataré! Condúceme. ¡Que se llame a esos verdugos!
Yo empujé el sillón, los portadores se presentaron y salimos del casino.
—¡De prisa! —nos ordenó la abuela—. Indica el camino, Alexei Ivanovitch; vayamos a la que esté más cerca… ¿Está lejos?
—A dos pasos, abuela.
Pero en la avenida, al volver el square, nos encontramos a todos nuestros deudos. El general, Des Grieux, la señorita Blanche y su madre.
Paulina Alexandrovna no estaba con ellos. Mr. Astley tampoco.
—¡Vamos, vamos, no nos detengamos! —gritó la abuela—. ¿Qué queréis?… ¡No puedo perder el tiempo con vosotros ahora!
Yo iba detrás. Des Grieux se me acercó.
—Ha perdido todo lo que habÃa ganado antes, y además doce mil florines. Vamos a cambiar obligaciones al cinco por ciento —murmuré, rápidamente.
Des Grieux dio una patada en el suelo y corrió a referir el hecho al general.
El sillón seguÃa rodando.
—¡Deteneos! ¡Alto! —gritó el general exasperado.
—¡Pruebe de detenerla usted mismo! —repliqué.