El Jugador
El Jugador Mis preguntas no eran en modo alguno del agrado de Paulina. ComprendÃ, por el tono y la dureza de sus contestaciones, que deseaba irritarme; asà se lo espeté en seguida.
—¡Qué quiere usted! Me encanta hacerle enfadar. Y además, por el hecho de tolerar sus preguntas y suposiciones, me debe usted una compensación.
—Si me concede el derecho de hacerle toda clase de preguntas—repliqué tranquilamente es porque estoy dispuesto a pagar cualquier compensación; con mi vida, si es preciso.
Paulina se echó a reÃr.
—La última vez que hicimos la ascensión al Schlangenberg dijo usted que estaba dispuesto a una señal mÃa, a precipitarse de cabeza desde la cima. Llegará un dÃa en que haré esta señal, únicamente para ver cómo cumple usted su palabra. Le odio precisamente porque le he consentido demasiadas cosas, y todavÃa más porque necesito de usted. Pero como le necesito, debo, por ahora, tratarle bien.
Iba a levantarse. Su voz sonaba irritada. Desde hacÃa tiempo nuestras entrevistas terminaban siempre en exasperación, en animosidad; sÃ, ésa es la palabra: animosidad.
—PermÃtame una pregunta: ¿quién es la señorita Blanche?—inquirÃ, deseoso de no dejarla marchar sin haber llegado a una explicación.