El Jugador
El Jugador Des Grieux intentó que desistiera de las grandes posturas e inducirla a jugar a los números separadamente y en bloque. Puse, según sus indicaciones, un federico en una serie de cifras impares en los doce primeros, y cinco federicos en grupos de cifras de doce a dieciocho y diez de dieciocho a veinticuatro.
Arriesgábamos en total dieciséis federicos.
El disco comenzó a girar.
—“¡ Zéro!” —exclamó el croupier. Lo perdimos todo.
—¡No sabes jugar y te atreves a dar consejos! —gritó la abuela, dirigiéndose a Des Grieux—. ¡Vete! ¡No te metas en lo que no entiendas!
Horriblemente vejado, Des Grieux se encogió de hombros, lanzó una mirada desdeñosa a la abuela y se retiró. Estaba arrepentido de haberse entrometido, por no saber dominar su impaciencia en los asuntos de aquella vieja sin juicio, “tombée en enfance”.
Al cabo de una hora, pese a nuestros esfuerzos… lo habíamos perdido todo.
—¡Vámonos! —gritó la abuela.
Hasta llegar a la avenida no pronunció palabra. En la avenida, y al acercarnos al hotel, comenzaron sus lamentaciones.
—¡Qué tonta! ¡Pero qué tonta he sido! ¡No soy más que una vieja estúpida!
Tan pronto llegó a su habitación, exclamó: