El Jugador
El Jugador Es verdad que al marcharse salvaba su fortuna. Pero ¿qué iba a ser del general? ¿Quién pagaría a Des Grieux? La señorita Blanche, naturalmente, no esperaría la muerte de la abuela y se marcharía seguramente con el pequeño príncipe o con cualquier pretendiente. Todos se esforzaban en consolar a la inquieta señora. Paulina estaba de nuevo ausente.
La abuela les apostrofaba con vehemencia.
—¡Dejadme en paz, pelmazos! ¿Qué os importa? ¿Qué quiere de mí ese barbas de chico? —gritó, dirigiéndose a Des Grieux—. Y tú, fantoche, ¿qué te va ni te viene en todo esto? ¿Por qué te metes en mis cosas?
—¡Diantre! —murmuró la señorita Blanche, cuyos ojos chispeaban. Pero de pronto lanzó una carcajada y salió—. “¡Elle vivra cent ans!”—gritóle al general desde la puerta.
—¡Ah! ¿De modo que contabas con mi muerte? —le chilló al general—. ¡Vete de aquí! ¡Échalos a todos, Alexei Ivanovitch! ¿Qué diablo os importa esto a vosotros? He perdido mi dinero, no el vuestro.
El general se encogió de hombros, se inclinó y salió, seguido de Des Grieux.
—Ve a buscar a Praskovia —ordenó la abuela a Marta.