El Jugador
El Jugador Al cabo de cinco minutos Marta volvía con Paulina. Durante todo este tiempo Paulina había permanecido en su habitación con los niños y, al parecer, habían propuesto no salir de allí en todo el día.
—Praskovia —empezó diciendo la abuela. ¿Es cierto lo que me dijeron recientemente de que tu imbécil suegro quiere casarse con esa loca francesa, una actriz sin duda, o algo peor?
—No lo sé exactamente, abuela —contestó Paulina—. Pero a juzgar por la misma señorita Blanche, que no intenta disimular, he sacado la consecuencia…
—¡Basta! —interrumpió la abuela—. ¡Lo comprendo todo! Siempre he pensado que acabaría así y le he considerado siempre como el más nulo y frívolo de los hombres. Se envanece con su grado —le ascendieron a general cuando le retiraron— y se da tono. Lo sé todo, querida, todo, hasta los telegramas enviados a Moscú. “¿Cerrará pronto los ojos la vieja?” Esperaban mi herencia. Sin dinero esa tía indecente… esa Cominges, según creo, no querría ni por lacayo a ese general de dientes postizos.