El Jugador
El Jugador Según, dicen, ella tiene un montón de dinero que presta a interés y aumenta el capital. No te acuso, Praskovia. Tú no eres quien envió los telegramas, y del pasado no me quiero acordar. Sé que tienes mal carácter. Eres una verdadera avispa, pequeña. Cuando picas, envenenas. Pero tengo lástima de ti, pues yo querÃa mucho a Catalina, tu madre. Pues bien, ¿quieres? Abandona todo esto y ven conmigo. Creo que no está bien que vivas ahora con el general.
Paulina quiso contestar; la abuela la interrumpió.
—Espera, que todavÃa no he terminado. Yo a ti no te pido nada. Conoces mi casa de Moscú… Es un palacio. Puedes ocupar todo un piso entero y no verme durante semanas si mi carácter no te gusta. ¿Quieres o no?
—PermÃtame antes que le pregunte si está verdaderamente decidida a marcharse en seguida.
—¿Crees que bromeo? Me iré como he dicho. He perdido quince mil rublos en vuestra maldita ruleta. Hice votos hace cinco años de reconstruir en piedra una iglesia de madera, en mi propiedad de las cercanÃas de Moscú. El lugar de esto he gastado aquà el dinero. Ahora, querida, me voy a reedificar la iglesia.
—¿Pero y las aguas, abuela? ¿No ha venido usted para tomar las aguas?