El Jugador
El Jugador —¡Déjame tranquila con las aguas¡ No me fastidies, Praskovia. ¡Se dirÃa que lo haces a propósito! Dime, ¿vienes, sà o no?
—Le estoy infinitamente reconocida, abuela, por el asilo que me ofrece —dijo Paulina—. Usted ha adivinado, en parte, mi situación. Le estoy tan agradecida que, créame, iré a reunirme con usted en breve plazo. Pero ahora hay razones graves… y no puedo decidirme asÃ, de pronto. Si usted se quedase aunque no fuese más que dos semanas.
—Entonces, ¿no aceptas?
—Ahora no puedo. Además, no puedo abandonar a mi hermano ya mi hermana que… que… pueden, verdaderamente, encontrarse solos. Pero… si usted me recoge con los niños, abuela, entonces iré a vivir a su casa y me mostraré digna de su bondad, créame —añadió conmovida—. Pero sin los niños, imposible, abuela.
—¡Vaya, no lloriquees! —Paulina no pensaba en lloriquear; por otra parte, no lloraba nunca—. Los polluelos encontrarán también sitio; el gallinero es grande. Además, ya tienen edad de ir a la escuela. AsÃ, ¿no vienes ahora? ¡Ve con cuidado, Praskovia! DesearÃa serte útil, pero ya sé por qué no quieres venir. Lo sé todo, Praskovia. No debes esperar nada bueno de ese maldito francés.
Paulina se ruborizó. Yo me estremecÃ.