El Jugador
El Jugador ¡Todos estaban, pues, al corriente; yo era, tal vez, el único que lo ignoraba!
—Vamos, vamos, no te enfades. Ve con cuidado, ¿me comprendes? Eres una muchacha inteligente… Esto me matarÃa de pena. ¡Bueno, basta, ya hemos hablado bastante, no te retengo más! ¡Adiós!
—La acompañaré, abuela —propuso Paulina.
—No hace falta. No te molestes; además, ya estoy harta de todos vosotros.
Paulina intentó besar la mano de la abuela, pero ésta la retiró y, abrazándola, la besó en la frente.
Al pasar por mi lado, Paulina me lanzó una mirada y bajó inmediatamente los ojos.
—¡Bueno, también a ti te digo adiós, Alexei Ivanovitch! Falta una hora para la salida del tren. Debes estar cansado de mÃ. Toma estos cincuenta federicos.
—Se lo agradezco a usted mucho, abuela, pero se me hace difÃcil…
—¡Vamos, vamos —gritó ella en tono tan enérgico que no me atrevÃa rechazarlos—. Cuando te halles en Moscú ven a verme. Te daré alguna recomendación. Puedes retirarte.