El Jugador
El Jugador Fui a mi habitación y me tendí en la cama. Permanecí así una media hora, sin duda, echado de espaldas, las manos tras la nuca. La catástrofe se había desencadenado y era necesario reflexionar. Resolví hablar seriamente con Paulina. ¿Era, pues, verdad eso del francés? ¿Qué podía haber pasado entre los dos? ¡Paulina y Des Grieux! ¡Señor, sería posible!
Todo aquello era inverosímil. Me levanté del lecho bruscamente, fuera de mí, para ir inmediatamente en busca de Mr. Astley y obligarle a hablar, costase lo que costase. Debía saber muchas más cosas que yo.
¿Mr. Astley? ¡He aquí otro enigma!
De pronto llamaron a mi puerta. Era Potapytch.
—Alexei Ivanovitch. La señora le llama.
—¿Cómo es eso? ¿No se va ya? Sólo faltan veinte minutos para la salida del tren.
—Está inquieta, apenas puede dominarse. “¡De prisa, de prisa!” —dice, refiriéndose a usted—. ¡Le quiere ver inmediatamente! ¡Por amor de Dios, no tarde!
Bajé inmediatamente. Habían transportado ya a la abuela al corredor. Tenía en la mano su cartera.
—Alexei Ivanovitch, ve delante y… ¡En marcha!
—¿A dónde, abuela?