El Jugador
El Jugador —¡Dejaré la piel, pero lo rescataré! ¡Vamos, anden, y tú no hagas preguntas! ¿Se juega hasta las once y media, no es verdad?
La miré estupefacto. Reflexioné y luego me decidà inmediatamente.
—Usted puede hacer lo que quiera, Antonina Vassielievna, pero yo no iré.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Qué mosca te ha picado?
—Usted puede hacer lo que quiera. Yo no quiero tener que reprocharme nada. No quiero. No quiero ser testigo ni participante en eso. Dispénseme, Antonina Vassilievna. ¡Tome sus cincuenta federicos! ¡Adiós!
Dejé el cartucho de áureas monedas sobre una pequeña mesa cerca de la cual se hallaba el sillón de la abuela, saludé y me retiré.
—¡Qué tonterÃa! —gritó detrás de mà la abuela —. ¡Pues bien, vete, ya encontraré el camino sola! ¡Potapytch, sÃgueme! ¡Vamos, llevadme!
No pude encontrar a Mr. Astley y regresé a casa. Tarde, ya pasadas las doce de la noche, me enteré por Potapytch de cómo habÃa terminado la jornada de la abuela. HabÃa perdido todo lo que hacÃa poco le habÃa cambiado yo, es decir, diez mil rublos. El polaco a quien ella habÃa dado dos federicos por la mañana le habÃa servido de factotum y estuvo dirigiendo el juego durante todo el tiempo.