El Jugador
El Jugador Primeramente recurrió a Potapytch, pero se cansó pronto de él. Entonces fue cuando se presentó el polaco. Como si hubiese sido hecho a propósito, comprendía el ruso y lo hablaba de un modo bastante aceptable y con aquel chapurreo se entendieron perfectamente. La abuela le llenaba de injurias, pero él las soportaba calladamente.
—No se puede comparar con usted, Alexei Ivanovitch —me decía Potapytch—; con usted trataba ella exactamente como con un caballero, mientras éste… Dios me confunda, le robaba el dinero de encima de la mesa. Ella le pilló dos veces en esa faena. Le lanzaba toda clase de insultos, le tiraba, incluso, de los pelos, se lo juro, de tal modo que todo el mundo se reía. Lo ha perdido todo, mi buen señor, todo el dinero que usted le cambió. Hemos traído aquí a la señora, ha pedido de beber, ha hecho la señal de la cruz y se ha echado en la cama. Debía estar agotada, pues se ha dormido inmediatamente.
¡Que Dios le dé un dulce sueño! ¡Oh, estas tierras extranjeras —terminó diciendo Potapytch—, ya me parecía a mí que no son nada buenas! ¡Que pronto podamos volver a ver nuestro Moscú! ¿Qué es lo que nos falta?