El Jugador
El Jugador Al entrar en mi habitación bajo el imperio de la cólera, cogí la pluma y escribí esta carta: “Paulina Alexandrovna, comprendo que el desenlace está próximo. Usted también sufrirá las consecuencias.
Por última vez repito: ¿Tiene usted, sí o no, necesidad de mi cabeza? Si le soy necesario ‘sea para lo que sea’, disponga de mí. Por el momento permanezco la mayor parte del día en mi habitación y no pienso salir. En caso de necesidad escriba o mándeme llamar.”
Lacré la misiva y la envié por el camarero, con la orden de entregarla en propia mano. No esperaba yo contestación, pero al cabo de algunos minutos volvía el criado con la noticia de que “le habían encargado de transmitir un saludo”.
A las siete el general me mandó buscar.
Estaba aquél en su gabinete. Iba vestido de calle, como si se dispusiera a salir.