El Jugador
El Jugador Al entrar vi que estaba en el centro de la habitación, con las piernas separadas, la cabeza baja, y hablando solo, en voz alta. En cuanto me hubo visto se lanzó hacia mí, casi gritando, de modo que retrocedí instintivamente y quise huir. Pero me cogió las manos y me llevó hacia el diván. Sentóse allí, y a mí me hizo sentar en una butaca ante él, y, sin soltar mis manos, con labios pálidos y temblorosos, con lágrimas en sus ojos, dijo con voz suplicante: —¡Alexei Ivanovitch, sálveme! ¡Sálveme, tenga piedad de mí!
Permanecí largo rato sin comprender nada. A través de una oleada de palabras repetía constantemente:
“¡Tenga piedad, tenga piedad!” Finalmente pude entender que esperaba de mí algo así como un consejo. O más exactamente, que abandonado de todos, angustiado, desesperado, se había acordado de mí y me llamaba con el único fin de hablar, de hablar sin descanso.
Se sentía trastornado, o al menos trastornado en grado sumo. Juntó las manos, dispuesto a arrojarse a mis pies, para… —¡cualquiera lo adivina … !— para que yo fuese a buscar a la señorita Blanche, para que la exhortase a volver a él, a casarse con él.
—¡Por Dios, mi general! —exclamé—; ¿qué puedo hacer yo? La señorita Blanche probablemente no se ha fijado siquiera en mí.